E l   b l o g   d e   A l e j o   d e   l o s   R e y e s

Bienvenidos a este blog, con escritos sobre música, aprendizaje, tango, guitarra, reflexiones e historias. Más que nada, son pensamientos que surgieron en un par de décadas de enseñanza de la guitarra, y una vida dedicada a la música.

Siéntanse libres de recorrerlo, comentar y, si les interesa estar en contacto, escríbanme y los sumo al newsletter mensual.

La elegancia y el ritual (la guitarra y los milongueros)


En estos días pandémicos, cualquier actividad social se extraña; seguramente, cada uno la suya. Entre mis múltiples vicios, hay uno que he tenido por mucho tiempo, y es el de bailar Tango.

A diferencia de mucha gente que ha caído en el adictivo influjo del baile de Tango, a mí casi no me gusta el baile. Llegué a él buscando comprender mejor al Tango mismo, una música que me apasionó toda la vida. En alguna época toqué muy frecuentemente en "milongas" (como se le llama a los bailes en donde se baila con Tango, Milonga y Vals) y me pareció que, era fundamental saber como se escuchaba lo que yo tocaba desde la perspectiva del bailarín.


El descubrimiento del baile de Tango fue como un despertar a una vivencia diferente de la música, además de permitirme conocer ni más ni menos que a quien hoy es mi esposa. El Tango me ha dado más de lo que yo esperaba encontrar, pero ciertamente me dió un montón de lo que esperaba encontrar también.


Lo que sigue es un relato un tanto largo de una búsqueda en la tradición en la que se combinaron (inesperadamente) lo esencial y lo ornamental, y en la que descubrí que no se puede llegar a lo esencial en el trabajo diario sin un ritual adecuado, y sin pasar por "lo estético", que muchos artistas suelen despreciar como si se tratara de algo superfluo. Allí entra como condimento, la especial elegancia (un sentido de vida más que un criterio) de los viejos milongueros.

Con el Tango como moda mundial, me he encontrado tocando muy seguido para audiencias extranjeras y tocando en bailes en las ciudades más inesperadas. O simplemente concurriendo a ellos como el fanático del Tango que soy. En esas ocasiones, es frecuente que se me pregunte sobre cómo se vive el Tango en Buenos Aires.

Una de las cosas que me encuentro comentando o reflexionando más a menudo (acaso porque el tema surge del interés de mis interlocutores, o por que es un pensamiento que me ronda hace tiempo) es sobre la vivencia que tenían los viejos milongueros del baile, que en muchas cosas, esperablemente, era diferente a la que tenemos los de hoy.


Pienso muy seguido en esos milongueros surgidos de la clase trabajadora porteña de las décadas del 40, 50 e incluso 60. La elegancia sin par que mostraban en las pistas de baile podría contrastar (al ojo prejucioso, al menos) con su condición humilde, con su día a día como obreros.

El baile, para ellos, no empezaba al entrar al club; antes se habían pasado todo el día preparándose para ese momento: acicalados prolija y cuidadosamente, maquilladas las chicas, engominados los muchachos, todos con sus "pilchas" bien planchadas. El perfume se ponía hasta en los pañuelos.

Mucha de esa gente esperaba el sábado durante toda la semana. En las tardes, después del trabajo, los más fanáticos se juntaban a practicar. En esos hervideros de cultura, se "inventó" una gran parte de lo que es el baile de Tango actual.

De aquel furor popular, de bailes gigantes en donde se lucían jóvenes virtuosos, en poco tiempo se pasó al ambiente cerrado de las milongas, de mayor intimidad y quizá cierto recogimiento, en donde sus integrantes continuaron perfeccionándose. Los más jóvenes viraron su interés (furiosa campaña de colonización cultural mediante) al rock, por lo que los milongueros que sobrevivieron ya eran veteranos en las pistas de las dos décadas anteriores (como mínimo). Ya sabían bailar, o más que eso, ya habían inventado el baile. Su próximo paso fue hacer un destilado de todo lo que sabían. Allí, el culto a la elegancia se vuelve definitivamente parte de una ceremonia.


Entre aquellas cosas que agradeceré siempre de haber podido ver de los viejos milongueros, está ese sentido de la elegancia. Ese sentido no les viene de ninguna cultura académica, o de su paso por las cortes francesas o las casas de moda.

En este video se muestra a uno de los bailarines que más me emocionan, Gerardo Portalea, y es casi surrealista verlo trabajar como sepulturero, y oírlo contar que depende de la afluencia de gente al cementerio para ganar dinero, y que muchos fines de semana (cuando no va mucha gente), no tiene dinero para salir a bailar. Pero con esa misma naturalidad puede hablar de que él prefiere cultivar la elegancia, que adornar su baile con figuras. Un milonguero siempre pone la elegancia por encima del lucimiento.


La primera vez que vi un auténtico milonguero en vivo habrá sido en 2006 cuando fui a tocar al Sunderland, acaso la milonga más legendaria de Buenos Aires. Allí hizo una exibición quien es un símbolo en el Sunderland: El "Chino" Perico. Yo no tenía ni idea de como se bailaba el tango, pero quedé como hipnotizado por el aplomo, la calma y, a la vez, la inmensidad de cosas que dibujaba en un solo paso; la elegancia de sus pasos, hasta de su rostro, y, por supuesto, de su estampa de milonguero, soberbiamente vestido y calzado con unos zapatos de gamuza (la gamuza siempre hace juego con sus pies, que más que pisar las baldosas del Sunderland, parecen estarles sacando lustre). Cuando apartaba mis ojos del piso, veía su rostro ensimismado, y parecía que, más que bailar, estaba como flotando por la pista. En ningún momento vi un salto de velocidad, alguna brusquedad, algo que pudiera romper el hilo de su baile; como si diera un solo paso largo desde el principio del tango hasta su final o como si hubiese bailado todo el tango quedándose quieto. Era como ver al arquetipo, la síntesis misma del sentimiento milonguero. Y hoy, evocando esa impresión, pienso en aquel "no se puede hacer más lento" de René Lavand, que es igualmente cautivante y conmovedor.

Entrar a una milonga verdaderamente tradicional es toda una experiencia. Aunque bien puede estar llena de todo tipo de acciones poco sacras, la sensación a veces se parece a estar entrando a un templo. El murmullo parejo de gente hablando poco sin elevar el tono, los vestidos brillantes de las chicas (y las señoras, que a la luz de la milonga, parecen tanto o más atractivas que las más jovencitas), las miradas que se cruzan en invitación al baile, el ruido discreto de los pasos, y el rumor de los tangos en los parlantes, todo, a veces, en el humilde marco de un club de barrio.

El baile de Tango volvió a conocer una generación de jóvenes que se interesaron por él más o menos alrededor de 1990. Para cuando yo llegué a ese mundo (unos quince años después), la milonga era un ambiente increíble, en donde convivían los grandes maestros con gente de todas las edades y de todos los países.


No por eso, la milonga es un terreno ausente de conflictos. Los viejos milongueros siempre fueron, y son, una referencia. Sin embargo, muchas veces aparecen como conservadores. Ellos no podían comprender el sentir de los más jóvenes, y se enojaban cuando los veían aparecer a su templo en jeans, o (¡horror!) bailar en zapatillas. También hubo quienes eran capaces de hacer lo peor y llegar en pantalones cortos. Sospecho que en Sunderland (si alguien osara hacerlo) no se podría ni entrar con pantalones cortos.


Viendo esos conflictos, me costaba situarme de un lado o del otro. Los que iban a la milonga en zapatillas tenían sus razones: no se le debería negar el acceso a nadie a un lugar (y, sobre todo, a un rito cultural popular) por la ropa que lleva puesta. Y ni que hablar de otras discriminaciones por cosas mucho más profundas: el baile entre personas del mismo sexo, por ejemplo, y por supuesto, la discriminación a personas por su orientación afectiva.

El "Chino" en Sin Rumbo

Supongo que, por ese ambiente a veces restrictivo de aquellas milongas tradicionales, fueron surgiendo otras, organizadas por las nuevas generaciones, en las que no era obligatorio cumplir con ciertas normas no escritas que, ya por ese momento, se empezaron a llamar "los códigos de la milonga". Algunos de esos códigos, a la vista del neófito, quizá parezcan inútiles o hasta absurdos, pero hacían a la existencia de una comunidad. Desde luego, la vestimenta era uno de ellos, pero también se incluían la manera de invitarse a bailar usando sólo el "cabeceo" (es decir, se invita a la persona deseada a bailar haciendo contacto visual con él o ella, en lugar de hacerlo verbalmente acercándose a su mesa), el estricto cumplimiento de las "tandas" (grupos de cuatro tangos, valses o milongas, separados por una "cortina", una música de algunos segundos que no pertenece al género del Tango), que nadie bailara "tandas" seguidas sin cambiar de pareja, etcétera.


Hoy en día, en el amplio panorama de la noche porteña y mundial, la milonga no es un mundo homogéneo, sino un continuo, desde las "prácticas" casi sin ningún código preestablecido hasta las más tradicionales. Duele pensar que todas ellas, sin ninguna distinción, están en una dramática pausa hasta que la pandemia ceda y se pueda volver a bailar en contacto estrecho. Yo he disfrutado mucho de casi todas esas variantes; aunque tengo que admitir que aquellas que se alejan mucho del modelo tradicional me gustan menos. Y no es por ser conservador. Invitar a bailar personalmente expone al rechazo de una manera mucho más hiriente que si se hace con el sugerente "cabeceo" tradicional. Si no hay estructura de "tandas", no se sabe cuando cortar el baile, por lo cual termina siendo una decisión unilateral de uno de los integrantes de la fugaz pareja, y puede crear un malestar innecesario en el otro o la otra integrante.

Es decir: ciertas costumbres de antaño tienen su razón de ser. Desde luego que, como en tantas cosas, es una simple cuestión de preferencia personal. Mentiría si dijera que no he pasado buenos ratos en las milongas menos formales.


Mientras bailamos unos tanguitos junto a mi esposa, pienso en cuán diferente es bailar en casa. Tiene lo suyo: indudablemente hay cosas que uno no va a encontrar en la milonga. Por ejemplo, la comodidad de elegir la música que uno quiera. Pero la experiencia es otra. Y me pregunto (y me contesto) en qué radica fundamentalmente esa diferencia: en la ceremonia. Antes de ir a una milonga, nos preparamos durante todo un tiempo. La preparación es un poco ardua y, a veces, agotados por una jornada laboral, casi, casi que desistimos, entre lo que supone peinarse lo mejor que se pueda, afeitarse, buscar la mejor ropa (que idealmente, tendría que estar planchada, pero bueno... siglo XXI), y hasta encontrar los zapatos de baile que, por no ir tan seguido como debiéramos, andan perdidos en alguna parte de la casa.


Y me vino a la mente mi primera visita a Sunderland como milonguero. En algún momento, vi que el "Chino" salía para fumar. Mi esposa estaba bailando, así que salí, como con la excusa de tomar aire. Vea el lector: he tenido la suerte de conocer (presentación mediante) a muchos de mis ídolos de la música, pero ¡qué nervios hablarle así, de la nada, al "Chino" Perico! Le hice una chanza para abrir la conversación: "Pero, Don, ¡si fuma así, no va a llegar a los ochenta!" (el "Chino" ya los había pasado, seguramente). Ya sea porque le gustó el chiste, porque habrá notado que quería conversar, o simplemente porque es un tipo realmente muy accesible y sin ningún divismo, me contestó con otro chiste y seguimos charlando. Un rato después, alguien más salió a fumar. Era un tipo de unos 50 años y, este sí, debe haber notado la admiración con que (disimuladamente) estaba charlando con el "Chino". Con su voz fuerte y habla rápida de porteño, intervino en la conversación, hizo algunos chistes y solicitó: " 'Chino' , decile al pibe qué es lo más importante cuando empezás a bailar".

A mi me pareció una pregunta fuera de lugar en la charla, pero ¿cómo negar que me interesaba la respuesta? Si hubiera tenido un anotador y un lápiz en la campera seguramente los habría sacado apresuradamente. La respuesta del "Chino" fue de lo más inesperada: "Yo cuando empiezo a bailar me fijo que en la salida al costado no se me arrugue la raya del pantalón".

El otro soltó una carcajada, seguramente imaginando mi (disimulada) perplejidad. En el momento no me pareció una excentricidad, más bien me pareció una muestra de lo diferente que piensan el baile los maestros.


Yo, por mi parte, casi nunca entré a la milonga mal "empilchado": siempre (aún antes de bailar Tango) me gustaron los zapatos con cordones, las camisas y los pantalones de vestir. Aunque, en verdad, no me sentía cómodo llevando un saco y, sobre todo, bailando con él.

Alguna vez, años después, salimos a una milonga con amigos luego de un concierto. Como tenía puesto un saco de verano que uso muy seguido cuando toco en público, finalmente me animé a ir a la pista con el saco puesto. Para mí fue una sorpresa encontrar que, en las sutiles limitaciones que el saco ponía a mis movimientos, la calidad de mi baile mejoraba. Algunos giros se volvieron más fáciles solamente por cuidar el movimiento de los hombros para evitar presionar el botón del saco y convertirlo en un proyectil. Ahí comprendí cabalmente el sentido de la frase del "Chino". Uno no baila igual cuando viste un saco que si tiene puesta una remera.


Estos días, mientras aprovechamos el poco espacio libre de nuestro living para bailar en pantalones cortos, pienso en cuánto tienen que ver con el Tango, no solo cierta vestimenta, sino también los rituales previos. Bailar no se siente igual antes de acicalarse y ponerse la mejor ropa que uno tenga.

Y esa preparación incluye muchas cosas; sobre todo, incluye preparar el espíritu para bailar. Porque también al espíritu hay que peinarlo lo mejor que se pueda.


Si cualquiera pasa por la puerta del club Sunderland, jamás sospecharía que allí dentro late una catedral tanguera. Así suelen ser todas las milongas: una especie de mundo oculto dentro del mundo. Entrar en una milonga (como subirse a un escenario) supone separarse un poco de la vida cotidiana, y en esa separación aparece lo trascendente.

Esa separación es imposible sin una ceremonia previa, sin un ritual.


Así las cosas, probablemente los muchachos más tradicionalistas defiendan el uso del traje y de los códigos de la milonga porque de esa manera lo hacían los viejos, y los otros dirán que la esencia del Tango no está en la ropa que se viste. Unos y otros tienen razón, y ese es el gran problema al que se arriba cuando no se comprende una tradición. Al igual que con "los códigos de la milonga", lo que era una costumbre motivada por la necesidad pasa con el tiempo a ser una imposición, y luego aparece una esperable rebelión a esa imposición. La rebelión y la reacción expresan, quizá, la misma angustia de perder el sentido esencial de una tradición, que funciona como una brújula.


Para tocar la guitarra también es necesaria una ceremonia previa. A mis alumnos siempre les recomiendo no empezar el día de estudio directamente con las obras, ni siquiera empezar por ejercicios técnicos. El primer contacto del día con la guitarra (aunque fuere por un breve instante) tiene que ser para internarnos en su mundo. Tocar unas cuerdas al aire para despertar su resonancia, a bajo volumen, sin incomodarla. Luego algunos acordes o alguna escala. El oír atentamente el sonido que devuelve nos va modificando, y en esa modificación, el sonido también va cambiando y nos vuelve a modificar. Poco a poco, nos vamos sumergiendo en un leve y bello trance en el que ya no deseamos forzar el toque para que suene más. Antes de entrar en ese trance (ya sea que nos lleve unos minutos o unas horas), antes de reconocer completamente a la guitarra y reconocernos a nosotros mismos, el estudio es prácticamente inútil.

Antes de un concierto es todavía más necesario, puesto que la necesidad de "rendir" en el público nos distrae todavía más y dificulta la concentración. Para ello, también hay otros rituales, y creo que no son tan diferentes de los de la milonga. Preparar el traje, los zapatos y, si cabe, la corbata. Lamentablemente, la moda de este tiempo hace que sea menos frecuente (salvo en conciertos de cierta etiqueta) el uso de la corbata. Pero (si dispongo del tiempo, lo que muchas veces no sucede), pasar un rato frente al espejo acomodando el nudo de la corbata me puede resultar muy terapéutico, atando y desatando mis propios nervios.

En cierta ocasión, Carlos Di Fulvio (ese gran guitarrista) comentaba que para él es casi una necesidad estar bien vestido para tocar, y cómo le gusta usar su moño ("la moña", le dice él, como lo hacen los uruguayos). Y es que ese ropaje, como el disfraz —o la máscara— del actor, como la armadura del guerrero, es una ayuda para sentir que uno salió de su mundo habitual para entrar en el de la música.


Si les gustó esta pequeña melange de pensamientos sobre la vestimenta, la elegancia, los rituales, y la milonga, les pido algo: dejen un comentario para convencer a mi esposa de que me deje usar moño en el próximo concierto, cuando la cuarentena lo permita.


Si querés recibir un newsletter mensual con todas las novedades del blog y de mi página, suscribite.

Si desde Argentina, me querés invitar un cafecito (o los que quieras), aquí está el enlace:

cafecito.app/alejoguitarra

¡Gracias por llegar hasta acá!


119 vistas

Entradas Recientes

Ver todo